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Dura lex, sed lex

  • Foto del escritor: DanteBonelo
    DanteBonelo
  • 27 mar
  • 3 Min. de lectura

Logré sostenerme en mis pies sobre la mitad de la avenida. El tráfico era pesado, era plena hora pico. Me rozaban los carros con velocidades intensas por detrás y por delante. La gente pasaba y no me notaba. Yo era un insecto que, como una cucaracha, en cualquier momento quedaría adherido al suelo tras la pisada de un transeúnte o un vehículo cualquiera. Esperaba que Dios me esperara en el cielo, le pedía que me acogiera en sus brazos para ya no sufrir más. 


Levanté la mirada con un último impulso que salió de la nada. Al frente se elevaba una academia de idiomas. Miré a través del vidrio. Algunos sonreían. Otros halaban sus pelos, fruncían el ceño, y expelían irritación. Yo sólo contemplaba como un niño contempla las vitrinas llenas de juguetes en un centro comercial. En seguida recordé cuando el abuelo me obligó a ir a los refuerzos escolares después del colegio. ¿Para qué?  Nada, además del bazuco, me había llevado tan lejos hasta entonces, pero ya nada podía permitirme. Ni la risa ni el desprecio. Había escuchado que el inglés abría puertas. ¿Cómo sería eso? Yo no había podido abrir ninguna con el “hello” que aprendí en la escuela ni con el “I agree” de primer semestre de Derecho.


Pensé abandonar el lugar cuanto antes para sosegar los recuerdos y evitar disgustos con la autoridad o las personas de bien que me miraban como basura andante. Pero un brillo me cegó por unos segundos. Mierda, alguien había dejado pegada la llave en la moto. Dudé sobre qué hacer al respecto porque un hombre de principios jamás tomaría algo que no le pertenece ¿Era yo un hombre de principios? ¿Qué principios eran esos? ¿Qué pensaría de ello el abuelo? ¿Por qué estaba pensando tanto si yo no era más que una nea de la calle? 


Cogito ergo sum o más exactamente como diría mi amigo Descartes: Je pense, donc je suis. Pero yo hacía rato que no era, hacía rato que no existía. Entonces eliminé la duda y me dejé llevar. Subí mi culo sucio a la silla de la moto. Debía pertenecer a una persona más bien baja, de unos 1.57. Me miré en el espejo retrovisor. Mis arrugas habían adoptado la forma de la tristeza, lo cual era otra invitación a abrir el swich y encenderla. La vida me estaba ofreciendo una última oportunidad de ser feliz. Miré a un lado y al otro. Nadie parecía verme. Aún tomando el vehículo prestado nadie parecía verme. Yo era el invisible más invisible de los invisibles sin siquiera haber muerto oficialmente.


Simulé ponerme un casco de Power Ranger. Di la patada mágica, metí el primer cambio, solté el freno delantero y aceleré tanto como pude. Me fui por toda la Ochenta y doblé en la San Juan para no dar tanto visaje.  En mi primera parada, visité el costeño, el que se queda por debajo de la estación de Santa Lucía. Él no podía creer la nave que me había conseguido. Le vendí una bicha extra que tenía, le di un pico en la frente, y me fui. Con lo que me pagó el coste me compré un helado. Hacía años que no sentía esa nieve azucarada en mis papilas gustativas. 


Por desgracia, o por fortuna, no lo sé, alguien me vio. Alguien me vio. La dueña de la moto había puesto el denuncio y, como pocas veces en esta ciudad, se inició un operativo para buscar las placas del vehículo en cuestión. Yo, sin ningún ánimo de esconderme, y teniendo en cuenta que nunca había sido visto, no creí que fueran a encontrarme. Cuando la policía me detuvo, yo tenía una sonrisa gigante en el rostro. “No me arrepiento de nada y no quiero molestarlo, señor agente. Yo tan solo soy un abogado prestigioso que olvidó bañarse el día de hoy y hay algo que un ñero de leyes nunca olvida: dura lex, sed lex. 


 
 
 

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